Paraná
viernes, 09 de febrero de 2018
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OPINIÓN

¿Quién es responsable de la pérdida de respeto hacia la Policía?

Fecha: 09/02/2018  Hora: 08:00  

Por Aníbal González, para Radio La Voz



Murió un policía en cumplimiento del deber. Toda la sociedad entrerriana debería estar consternada por ello. Pocas veces en la historia reciente de la provincia ha habido “unanimidad” en las expresiones de quienes despiden a un ser querido, a un compañero de trabajo, en elogiar su actitud personal y profesional.

Froilán Pedroza era, en términos sencillos, una “garantía” para quienes compartían tareas con él, el hombre que siempre querés tener cuidándote la espalda. El hombre en el que podías confiar como si fueras vos mismo, ante una situación de vida o muerte.

Este héroe anónimo, este verdadero profesional de las armas, falleció a manos de una persona ligada a la trata de personas y la droga. Una persona que, mientras agonizaba, recibía críticas por su forma de vida incluso de sus familiares de sangre.

Este encastre diabólico de cualidades personales entre uno y otro, tuvo además una burla del destino: Simón, el hijo de Pedroza, nació al otro día que falleció su padre, en un parto prematuro, producto quizá de la traumática situación que vivió su pareja. Dios bendiga y proteja a esta criatura.

Luego de las pocas horas de duelo que la vorágine informativa le dedicó al caso, y el nulo impacto que tuvo en la misma ciudad de Gualeguaychú – el carnaval del país siguió con sus compromisos asumidos como si nada-, se puso en duda la profesionalidad del accionar policial. En particular, personal con algún tipo de entrenamiento se preguntó si Pedroza contaba con un casco que efectivamente hubiera podido repeler el cobarde ataque del que fue víctima. Altos funcionarios salieron a explicar cómo se trabaja en estos casos, y cómo se equipan los cuerpos especiales antes de cada intervención.

Y fin del tema.

Este jueves por la tarde, un policía de la Brigada de Abigeato, que perseguía a cazadores furtivos por los caminos rurales del Departamento La Paz, fue herido de un escopetazo en el estómago. Fue atendido primero en La Paz, y luego traído en helicóptero hacia Paraná. Por estas horas, la vida del Suboficial López corre peligro.

Frente a estos dos hechos desgraciados, que entristecen a una misma institución, corresponde preguntarnos cómo es que llegamos a esta situación en la que cualquier persona al margen de la ley, esté cometiendo un delito o una contravención, no tiene empacho en abrir fuego contra la institución policial.

Quitando de la ecuación a quien elije el delito como medio de vida, y cuyo desprecio por el uniforme termina en hechos como éstos, es posible analizar el impacto de un reducido número de variables en la credibilidad y el respeto para con la fuerza. Esa credibilidad, ese respeto, era el que no tenía quien asesinó a Pedroza. El que baleó a López.

¿Tiene la política la culpa de esta falta de respeto?

Puede ser. A nadie escapa la realidad que muchos de quienes integran hoy la fuerza policial, a nivel de cúpula, ostentan puestos importantes por sus amistades políticas, con una idoneidad “en duda” al asumir funciones, que se va limando “sobre la marcha”. Esta falta de idoneidad, que afortunadamente no es moneda tan común, puede en algunos casos atribuirse a la política. Indudablemente, quien ejerce su posición nacida de una elección o un cargo de privilegio para lograr “ubicar” a un amigo, está atentando contra la policía. El político que así actúa, le perdió el respeto a la fuerza. Piensa que las reglas no son para él.

¿Es la culpa de la cúpula policial?

Ciertamente hay algo de responsabilidad. Ligado con la política, el oficial con poder de decisión que recepta este tipo de peticiones para algún acomodo, para algún ingreso, sin “chistar”, también atenta directamente y de forma letal contra el respeto a la misma fuerza.

No creo que haya exista quien niegue esto que planteo como una realidad. Pero de ser así, lo invito amablemente a que juntos, con la planilla de personal en una mano, y las condiciones médicas para el ingreso en la otra, pasemos revista. Yo le puedo asegurar que varios efectivos no van a reunir la altura reglamentaria, alguno va a tener un problema visual evidente, un sobrepeso excesivo, una edad prohibitiva para el ingreso, o algún problema médico pasado por alto.

¿No es esto una falta de respeto a la fuerza, a las reglas, a la institución en sí misma? Para mí sí.

¿Entonces, la culpa la tiene el que entró solo por un trabajo, el que no tiene vocación de servicio? Indudablemente que quien no lleva el uniforme como algo más que una obligación, carcome con sus acciones la credibilidad de la institución.

¿Son los jueces responsables?

Siempre con el respeto como eje, quien tiene como medio de vida la aplicación de la ley, pero sucumbe ante las tentaciones del nepotismo y la “flexibilización” de las normas cuando son en beneficio propio, de algún familiar, o de alguna concubina y/o amante, también hiere de muerte los presupuestos sociales que nutren de confianza a la institución. La “pericia express” para con algún amigo, es un claro ejemplo de esta falta de respeto hacia la fuerza.

En síntesis, el ejercicio del más exhaustivo examen de conciencia, va a atribuir a cada uno un poco de culpa. Todos los que alguna vez intentaron que las reglas no aplicaran a una situación particular, tienen un poco de culpa. Tenemos. Cada vez que alguna vez se recomendó a alguien para el ingreso a la fuerza pidiendo por controles más laxos… cada vez que se vez intentó “hablar con alguien” para ingresar a la Policía por alguna ventana... cada vez que nos olvidamos el registro de conducir, nos paró un “quicho”, y rogamos para que por “esta vez” nos dejaran pasar… Cada vez que alguien dijo “si no es por política, no entrás”… Cada vez que un periodista decidió no dar a conocer el altercado en el que estuvo involucrada la hija de un amigo de la fuerza… cada vez que pensamos que tal vez, por “ser yo”, por tener un amigo, las normas podían no aplicarse para con nosotros, atentamos contra la credibilidad, contra el respeto a la institución.

Quizá, el respeto a la fuerza policial, a las normas, a la Ley, debería comenzar por nosotros mismos. Si no, ¿qué podemos esperar de quien elige vivir al margen de ella?


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