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FMI y ajuste

El Presidente busca amortiguar la tensión con CFK pero termina conspirando contra su propio juego

Política de Estado. No importa mucho si se trata de convicción, pragmatismo o puro oportunismo, pero Martín Guzmán exageró con esa definición para exponer al menos la conveniencia de un aval político amplio a las tratativas con el FMI. En el mismo nivel o en algún escalón por encima, aunque no sea dicho públicamente, es anotada por Alberto Fernández la necesidad de bajar las expectativas externas sobre el juego de poder en la Argentina. Pero no opera solo sobre la realidad. La carta de los senadores oficialistas al Fondo –inspirada y supervisada por Cristina Fernández de Kirchner- expuso otra vez la interna y la reacción presidencial para aplacar el ruido precipitó otro choque con la oposición. Doble ruido.

Hay varias contradicciones en simultáneo. La mayor tiene que ver con las tensiones entre Olivos y el Instituto Patria. La que le sigue, en este tema específico, gira alrededor del sentido político y práctico del proyecto de ley motorizado con la consigna de “fortalecer la sostenibilidad de la deuda pública”. En los dos casos, el Presidente se ata a la lógica del frente interno: no puede evitar esa tensión, pero busca vestirla hacia afuera sin contradecir y hasta refrendando el mensaje de CFK. En el trato con la oposición de Juntos por el Cambio, además, busca avales antes que entendimientos. Hasta ahora, el final suele ser de reproches cruzados.

El Presidente colocó a Guzmán como pieza central de su tablero. Para contener el dólar y para negociar un acuerdo de facilidades extendidas con el FMI. No resulta sencillo, porque ese tipo de programas plantea una serie de reformas a cambio de tiempos largos para afrontar la deuda. Alberto Fernández se irrita cuando se habla de ajuste, pero en ese sentido van muchas de las medidas. Aparecen entonces la cuestión de los costos y los crujidos domésticos. La proyección del ajuste y los efectos ya notados harían recomendable la búsqueda de un entendimiento político en base a la aceptación de responsabilidades mutuas. No es lo que asoma.

El proyecto de ley referido expone la mirada parcial del Gobierno. Entiende el beneficio de un consenso político como mensaje social y sobre todo como gesto hacia el FMI. Pero lo restringe a lograr un crédito opositor a su propuesta. La iniciativa plantea que “deben ser aprobados por el Congreso” futuros endeudamientos en moneda extranjera y bajo ley externa, y también los acuerdos con el FMI. Parece sencilla, pero deja abiertos interrogantes de fondo.

Los considerandos cargan las tintas sobre la herencia y el endeudamiento en la etapa macrista. Sin otras consideraciones. Y el articulado está limitado a los dos puntos señalados, sin precisiones de tiempos ni de alcances efectivos. El proyecto comenzó a circular en la oposición y se cruzan algunos papeles informales, entre ellos uno de la Fundación Alem. Aparecen referencias a zonas grises: el aval que plantea el proyecto para un endeudamiento y para acuerdos con el FMI, ¿es previo o posterior a tales tratos?

No representa una pregunta menor en términos legales. Pero tiene además lectura política. Consentimiento previo o refrendación posterior, demandaría algún tipo de negociación para lograr consenso. Salvo que se esté pensando en un cheque en blanco para empezar a negociar o en una aprobación a libro cerrado para acuerdos ya firmados.

Hay una secuencia que remite a colocar toda la carga del problema sobre la gestión anterior y por consiguiente a demandar un respaldo acrítico. Lo sugiere el proyecto en cuestión. Pero la carta de los senadores bajo lineamientos de CFK es especialmente dura con los acuerdos entre el gobierno de Mauricio Macri y el Fondo, con particular alusión a un fondo de negociado local, avalado en contra de sus propias normas por el organismo internacional.

La divulgación de la nota impactó durante el domingo. No sorprendió al Gobierno en cuanto a la intención del kirchnerismo duro, pero las reacciones de Olivos mostraron implícitamente que no era una buena señal en sí misma. La primera respuesta, por la vía de trascendidos, fue previsible, casi diplomática: era cuestionada la oportunidad y no el contenido. Pero después, el Presidente transitó un camino de discurso público similar al expresado hace pocas semanas frente a la carta de la ex presidente con críticas a funcionarios y facturas a socios del Frente de Todos. Buscó mostrar todo como confluencias de criterios o apoyos. Y quedó actuando en función del movimiento de la ex presidente.

Alberto Fernández se remontó a su campaña para criticar los acuerdos entre el gobierno anterior y el FMI. Y fue especialmente duro en consideraciones contra el macrismo. La reacción fue un pronunciamiento de los senadores de JxC, que lo acusó de intentar disimular el ajuste.

El oficialismo puso el acento en el endeudamiento y retomó las acusaciones sobre fuga de capitales, como un puro juego planeado y ejecutado. La oposición salió al cruce y colocó la mira en los compromisos que debió afrontar la gestión macrista para atender la deuda y el déficit heredados del gobierno de CFK.

Es probable que estos cruces sean reeditados en la sesión de Diputados para tratar el “impuesto a las grandes fortunas” y terminar de sancionar el Presupuesto 2021. La reavivada confrontación va en contra del objetivo de aval político para compartir decisiones y costos, no sólo ante el FMI. Y coloca al Presidente en el centro de la disputa, como decisión personal elaborada o, más complicado, jugando dentro del paño que define la ex presidente. Ni política de Estado ni frente interno en calma y ordenado.

Fuente: INFOBAE
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