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Kicillof en Washington

Kicillof puso en claro que en 2019 está en juego mucho más que un cambio de caras

El ex-ministro dejó en claro que, de ganar Cristina, volveremos a las políticas económicas de sus mandatos anteriores

El Wilson Center es un foro político no partidario fundado en 1968 en Washington DC, Estados Unidos, dedicado a la investigación independiente y la promoción del diálogo abierto entre los mundos de la academia y el de las políticas públicas. Tiene, entre sus programas, uno denominado “El Proyecto Argentino” (en inglés, The Argentina Project), dedicado a estudiar las reformas políticas y económicas que ha encarado Argentina.

Como parte de este Proyecto, el Wilson Center viene conduciendo una serie de conferencias cuyo objetivo es que “se escuchen todas las voces”. Pasaron por allí Sergio Massa, José Luis Espert, Sergio Uñac y Alfredo Cornejo en los últimos meses.

El pasado viernes 10 de mayo fue el turno del diputado Axel Kicillof. Su presentación completa puede ser vista en la página oficial del Wilson Center y la plataforma de YouTube.

Esta presentación ofrece un pantallazo de lo que un eventual gobierno de Cristina Fernández podría deparar en materia de política económica. Aunque su repaso comparativo de los resultados económicos de la gestión kirchnerista con la gestión actual ocupa casi dos tercios de la disertación, la parte jugosa de la charla está en la sesión de preguntas y respuestas que le sigue.

Nada más explícito que la idea de que los “argentinos sufran menos”

Allí, Kicillof se juega por definiciones filosóficas respecto de lo que considera son las necesidades del país en materia de política económica, y detalla remedios concretos para cubrir dichas necesidades.

Según Kicillof, el proyecto de la fuerza política que representa pondría el foco en el empleo, la industrialización y la distribución de la riqueza. El programa se basaría en fortalecer el mercado doméstico, pues es una cuestión aritmética que el PBI no puede crecer si no crece el consumo.

Por el contrario, al programa de Macri, al que llama neoliberal (o “Consenso de Washington”), lo considera un “enlatado” que nunca funcionó en Argentina y vuelve a brindar los resultados que siempre brindó. Este programa, dice, se basa en la “idea metafísica” de la “teoría del derrame”, según la cual crear un contexto favorable habilitaría un círculo virtuoso de inversión externa y creación de empleos de calidad. Algo que en Argentina, dice, nunca pasó.

De esta contraposición filosófica se desprenden medidas que Kicillof hace explícitas: otra política de tarifas de servicios públicos, la necesidad de controlar los flujos de capital, la apertura de discusiones con el FMI porque “todo lo que hagamos será para que los argentinos sufran menos”, y, aunque resaltó que “nadie quiere el default”, dijo que dependerá de las condiciones en que Macri deje el gobierno, sugiriendo que estamos en emergencia financiera.

Ese modelo no augura nada distinto de lo que el populismo nos ofreció en 200 años como nación: alegría temporaria, retraso permanente

Kicillof no es Guillermo Moreno. Cabe suponer que jamás diría que "si algún muchacho quiere vivir de lo ajeno, que lo haga pero con códigos", como el inefable exsecretario. Es y luce más educado y preparado. Pero también es un político. Por ello, analizar su disertación a partir de sus anecdóticas y arbitrarias comparaciones desviaría el foco de lo relevante: su opinión respecto del modelo de país que propugna. Nada más explícito que la idea de que los “argentinos sufran menos”.

Existe una caracterización subjetiva que asimila un eventual gobierno de Cristina Fernández con Venezuela. No fue el caso antes y no habría porqué suponer que lo sería si ganara. Pero hay una parte objetiva: el modelo de Kicillof. Ese modelo no augura nada distinto de lo que el populismo nos ofreció en 200 años como nación: alegría temporaria, retraso permanente. Tan cierto como que no funcionó el modelo que Kicillof llama “enlatado” es que tampoco funcionaron los programas para que los “argentinos sufran menos”, un canto de sirenas que dirige el capital y el esfuerzo hacia los sectores menos productivos y menos competitivos de la Argentina, y lo extrae de los más eficientes.

Cabe preguntarse si el fracaso histórico de las políticas que funcionaron en otros países no tendrá que ver con la intolerancia de los argentinos a aguantarlas, engañados por quienes prometen menos sufrimiento. Los problemas son muy profundos y la experiencia de los países que los han superado demuestra que su corrección demanda bastante más que cuatro años.

Fuente: INFOBAE
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